Socialización diferencial

 

La sociedad adoctrina a las personas de forma distinta según el sexo en el que han nacido. Aunque la socialización se recibe de forma especialmente intensa en la infancia y en la adolescencia, el proceso socializador perdura durante toda la vida. Esta socialización diferencial determina que, a través de la interiorización de mensajes distintos, mujeres y hombres acaban pensando y actuando de forma distinta, de manera que las diferencias de actitudes y conductas entre ellos son básicamente de origen social.

En este sentido, a cada sexo se le ha preparado tradicionalmente para un solo ámbito: a las mujeres para el ámbito privado y a los hombres para el público. La socialización que recibe cada uno tiene aspectos positivos y aspectos negativos. Sin embargo, el hecho de que socialmente se considere a uno de dichos ámbitos (el privado) como menos prestigioso, supone una importante discriminación hacia el sexo que ha sido socializado para dicho ámbito, es decir, las mujeres.

 

La socialización diferencial produce discriminación hacia las mujeres

 

Según la socialización diferencial, se considera propio del rol femenino el cuidado de los hijos y la realización de las tareas del hogar. Cualidades como la sensibilidad, la empatía y la fragilidad, son consideradas también propias de lo femenino. En oposición, al hombre se le atribuye un rol público, propio del trabajo, los negocios, con cualidades como la valentía, la fuerza y el riesgo. Esta oposición dota de mayor prestigio a “lo masculino” y, por ende, menor valor a “lo femenino”.

En este discurso existen dos errores. Uno de ellos consiste en considerar determinadas cualidades y roles propio de lo “femenino” o de lo “masculino”. El otro error es dotar de mayor prestigio o valor a uno de los dos ámbitos. Todas las cualidades son importantes y ambos roles, público y privado, también. Por ello, es necesario que los dos sexos compartan responsabilidades y roles y puedan mostrar cualidades personales libremente independientemente del sexo.

Educación para la igualdad laboral

 

Las consecuencias de esta distribución de roles en función del sexo produce desigualdades que discriminan principalmente a las mujeres en el trabajo: salarios más bajos, menor participación en puestos directivos, menor contratación (más paro) y, en general, mayores dificultades para desarrollarse profesionalmente.

Por ello resulta necesario, desde la educación, incidir en el análisis de los estereotipos mencionados, cuestionando la distribución de roles profesionales actuales y favoreciendo con ello la reflexión sobre cómo deberían ser atendiendo a los principios de justicia e igualdad.

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