La mayoría de las situaciones que pueden surgir en el día a día conllevan un riesgo asumible. Por ejemplo, en la infancia quedarse solos o participar en alguna actividad deportiva y, más tarde, hablar en público, enamorarse o conducir un coche. En todas ellas podemos llegar a sentir miedo, señal que nos informa de que necesitamos protegernos.

El miedo es una reacción emocional frente a la percepción de un peligro real. Esta emoción nos permite evaluar la situación y activar nuestros recursos defensivos, tales como la prudencia, la atención, la confrontación y la huida. El objetivo es proteger nuestra integridad física, nuestra autoestima, nuestro bienestar y el bienestar de los que queremos.

A los seis meses lo expresamos a través del llanto y más adelante añadimos expresiones faciales y el lenguaje (Palacios, J. 2004). A la vez, vamos incorporando estrategias de cómo actuar ante el miedo. Las básicas son la huida y la confrontación. La primera conviene sobre todo cuando hay riesgo de sufrir daño físico, por ejemplo, en un derrumbamiento o ante la aparición de un animal peligroso; y la segunda es positiva en el resto de situaciones diarias.

El problema surge cuando sentimos un miedo exagerado que nos impide enfrentar el peligro y actuar de forma positiva para nosotros. En este caso, la reacción de evasión se puede expresar de muchas maneras: escondiéndose, a través de la diversión, las drogas o con el silencio.

Este tipo de miedo va acompañado de una visión negativa de nosotros mismos: “soy incapaz de enfrentar la situación (Auger, L. 1993). De esta manera, la ansiedad se apodera de nuestro cuerpo y reaccionamos con pasividad. Los miedos más comunes son:

  • Miedo a lo desconocido
  • Miedo al fracaso
  • Miedo a la opinión de los demás
  • Miedo a la soledad
  • Miedo a la autoridad
  • Miedo al compromiso

Muchos de estos miedos aparecen en la infancia y en la adolescencia (Marina, J.A. 2014):

  • a partir de experiencias que nos han producido un gran dolor,
  • tras observar conductas de miedo en los demás,
  • al recibir información de los demás sobre los estímulos peligrosos.

Mediante estas tres vías de aprendizaje (experiencia, observación y explicación) adquirimos información sobre lo que nos rodea y nos formamos en nuestra cabeza esquemas de interpretación, en ocasiones erróneos, sobre los peligros y el miedo. Algunas de estas ideas erróneas son: “El miedo es malo”, “no hay que sentir miedo”, “no puedo enfrentar el peligro”, “el que siente miedo es un cobarde/cagón”, “las niñas/mujeres son más miedosas”.

Una visión realista del miedo incluye pensar lo siguiente:

  • Es una emoción más entre todas las que tenemos (alegría, rabia, decepción, ilusión,…). Por eso es fundamental respetarla.
  • Se genera en una parte del cerebro llamada amígdala, un núcleo neuronal en forma de almendra encargado de controlar las emociones y los sentimientos.

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  • Es muy útil porque nos aporta información de nosotros mismos y del exterior. ¿Qué peligro veo a mi alrededor? ¿Por qué es una amenaza para mí? 
  • El miedo no es señal de una catástrofe, sólo es una reacción interna que sirve para activar nuestras estrategias de defensa.
  • No es posible eliminarla, sólo desaparece cuando actuamos, cuando nos enfrentamos al problema.
  • Su intensidad o aparición no depende del sexo (femenino/masculino), sino del temperamento y de la educación recibida.

Estas ideas permiten gestionar la emoción de una forma adecuada y evaluar la situación considerada peligrosa desde un enfoque más realista y sensato. Es el primer paso para aprender a ser valiente, para convertirse en una persona que actúa a pesar de la dificultad.

El segundo paso consiste en aumentar la fuerza interior (Marina, J. A. 2014), es decir, la resistencia, confianza o visión positiva de uno mismo. ¿Cómo? Trabajando los siguientes puntos:

  • el pensamiento interior
  • la expresión de sentimientos
  • una actitud proactiva
  • cualidades de uno mismo
  • experiencias de éxito

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